El confesor de su madre

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Fecha de registro:
Referencia catalográfica: 0056r

Informantes

Bibliografía

IGRH: 0000

Otras versiones de "El confesor de su madre"

Atero Burgos (2003: n.º 265), Checa Beltrán (2005: n.º 43), Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 212)

Ver referencias completas en Fuentes citadas abreviadamente.

Transcripción

Elena tenía amores     con un chico muy gallardo;
a él le llamaban Flores,      por apellido Navarro. 
Ellos se festejeaban,     s´amaban con ilusión,
y al cabo de mucho tiempo     pudo lograr su intención.
Elena era muy bella,      y al ver que encinta quedó,
trataron de casamiento     y el gallardo se marchó.
—Y ahora he perdido mi honra;     ¿y ahora qué debo de hacer?
Antes que llegue la hora,     me haré de padecer—.
Llegó la hora del parto,      dándole Dios un varón.
Quedando buena en él harto,      y Elena se levantó.
Ha cogido sus enaguas,      s´ha dirigido hacia el bosque
y en lo hondo de un barranco,      se lo dejó a media noche.
Liadito en un pañal,      lo dejó sobre una mata
y esta madre criminal     se marcha para su casa.
Nadie había llegado a su casa     comparte que allí se hallaba,
que no muy lejos de allí      un angelito lloraba.
Y el niño ya tiene padre.     ¿Dónde lo bautizarán?
En el colegio del Carmen,      y de allí nunca saldrá.
A los quince años fue cura,      cura de la población,
y una mañana temprano      una señorita entró.
Una señora muy bella      a confesar se acercó,
diciéndole al padre cura     las tres palabras de Dios. 
—Padre, tengo una gran pena;      he sido una criminal
más horrible que una fiera;      mi honra ha sido fatal.
He tirado un hijo mío,      el deciocho de agosto
del mil ochocientos cinco     en el barranco del Rostro—.  
Madre e hijo se abrazaron     sin poderse sostener.
—Madre mía del rosario,      quitadme de padecer. 

 

Resumen de "El confesor de su madre"

Una joven mantiene relaciones con un muchacho del que queda embarazada. Este se desentiende de ella, así que la muchacha, apurada, decide abandonar al niño en medio del campo. Allí lo encuentra un pastor, que se lo lleva a su casa. Su esposa y él deciden criarlo. El niño crece y se hace cura. A su parroquia acude un día una apurada señora para confesar el crimen que cometió hace varios años. Ambos se reconocen. El hijo la perdona porque comprende que la culpa fue del hombre que la deshonró.