El cura sacrílego

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Fecha de registro:
Referencia catalográfica: 0195r

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Bibliografía

IGRH: 0083

Otras versiones de "El cura sacrílego"

Álvarez Cárcamo (2019: 21.4); Atero Burgos (2003: n.º 80); Higueras Martínez y Aguilar González (2000: p. 149); Manzano Alonso (2003: pp. 337-343); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 105); Pérez Rivera (2015: n.º 274); Pimentel García (2020: n.º 369); Piñero Ramírez (1996: n.º 77); Piñero Ramírez (2004: n.º 58); Piñero Ramírez (2013: n.º 74); Piñero Ramírez y Atero Burgos (1987: n.º 96); Salazar (1999: n.º 223); Schubarth y Santamarina (1984: n.º 61); Valenciano López de Andújar (1994: n.º 88).

Ver referencias completas en Fuentes citadas abreviadamente.

Estudios

VALIENTE BARROSO, B. (2016). El romancero tradicional de Cantabria: el ciclo del tabú del incesto [Tesis doctoral]. Universidad Complutense de Madrid.

Transcripción

Un curilla siendo cura     en la religión de Dios,
se enamoró de una niña     desde que la bautizó.
La niña estaba painando,     se estaba painando al sol;
por allí pasó el curilla,     por allí pasó el traidor:
—Dame niña de tu pecho,     dame niña de tu amor—.
La niña, como era niña,    no supo decir que no.
/…………………/     /…………………/
 

Resumen de "El cura sacrílego"

Un sacerdote se enamora de una niña desde que la bautiza. Cuando los padres de esta mueren, aprovecha para requerirla de amores. Un día en que la niña está peinándose al sol, la rapta, la lleva a su casa y la encierra en un cuarto oscuro. Cierto día de Semana Santa, el cura duerme con ella y, esa misma noche o a la mañana siguiente, descubre que la niña ha muerto. Pide ayuda a los vecinos para que saquen de allí el cadáver y lo entierren en secreto. En otras versiones, la niña se niega a acceder a los deseos del cura y este la encierra en un cuarto oscuro. Después de unos meses, ella consiente, pero, cuando el cura la toca, queda muerta. El sacerdote se marcha a la iglesia y, cuando se dispone a decir misa, oye una voz del cielo que le prohíbe seguir adelante. El sacerdote decide peregrinar hacia Roma para expiar sus pecados. En el camino se encuentra con un capuchino o con el papa que le impone dos o tres penitencias: barrer las calles que distan entre dos ciudades, fabricar un gran cirio cuyo pabilón sea él mismo y meterse en un horno. Cuando está desnudándose para cumplir el último encargo, una voz del cielo lo detiene y le asegura que ya puede volver a oficiar.