El muchacho que no mató a su abuelo [ATU 980]

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Referencia catalográfica: 0572n

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Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Transcripción

Había una vez una familia formada por un padre, una madre, su hijo, y el suegro de ella. La mujer solía quejarse de que el padre de su marido ya era muy mayor y de que le daba mucho trabajo.

Un día le dijo a su esposo que ya no lo soportaba más. Su suegro le hacía sufrir mucho y, además, no le quedaba tiempo suficiente para ocuparse de él. ¡Ya estaba harta! Ni siquiera soportaba su presencia en la casa.

Entonces él se quedó muy preocupado y le dijo a su mujer:

–Yo te entiendo, mujer, pero ¿qué quieres que haga con él? ¡Es mi padre! ¿Y quién sería capaz de deshacerse de su padre?

Entonces la mujer se enfadó y le dijo:

–Pues es asunto tuyo, así que arréglatelas tú solo. Yo solo te digo que ya no puedo vivir con él. Tendrás que elegir: o se queda él en esta casa o me quedo yo. Tú verás.

El marido se quedó todavía más preocupado. Siempre habían discutido por el mismo problema, pero aquel día el asunto había llegado demasiado lejos.

Unos días después el padre se levantó temprano, fue a despertar a su hijo y le dijo:

–Levántate, hijo, que hoy vamos a salir con tu abuelo.

El hombre cogió una gran alfombra y los tres se marcharon de casa. Cuando llegaron a un precipicio, el padre le pidió a su hijo que le ayudara a enrollar al abuelo en la alfombra, que luego iban a levantarlo para arrojarlo por el precipicio.

Entonces el hijo le dijo asustado:

–¡Oh, padre! Pero ¿cómo se te ocurre tirar a mi abuelo, a tu propio padre, desde esta altura?

Y el padre le respondió con gesto de resignación:

–¡Pues ya ves, hijo! Tu madre me ha estado insistiendo, erre que erre, día tras día, y ha acabado por quemarme la cabeza. No para de quejarse de tu abuelo, y me ha dicho que ya no quiere verlo ni en pintura. Así que esta es la única solución que se me ha ocurrido.

Entonces el hijo le propuso:

–Padre, lo que tienes que hacer es cortar la alfombra en dos partes. Luego enrolla a mi abuelo en la primera parte y échalo por el precipicio. Pero guarda la segunda parte para mí.

–¿Y se puede saber qué piensas hacer tú con la segunda parte? –le preguntó el padre.

–Pues está claro: cuando tú te hagas viejo como el abuelo, te enrollaré a ti en ella y después te tiraré por el mismo precipicio. Ahora tú arrojas a mi abuelo, y cuando tú te hagas mayor, yo te arrojaré a ti.

El padre se quedó un rato pensativo y después cambió de opinión. No arrojó al abuelo y le dijo al muchacho:

–¡Tu madre va a enfadarse mucho!

–¿Y a ti cómo se te ocurre hacer caso a los disparates que dice mi madre? Te pidió que te deshicieras de mi abuelo, ¿y tú obedeces? –le respondió su hijo indignado.

Y, sin más, los tres volvieron a casa. En cuanto la mujer los vio entrar por la puerta con su suegro, montó en cólera y empezó a darle gritos a su marido:

–¡Quiero una explicación! ¿Qué hace ese viejo aquí otra vez? ¿Por qué te lo has traído de vuelta?

Entonces su esposo le respondió:

–No me eches la culpa a mí, que fue tu hijo quien se negó a que lo tirara por un precipicio.

La madre fue a pedirle explicaciones a su hijo, y entonces el muchacho les dijo:

–Mira, yo os propongo lo siguiente: como tú has incitado a mi padre a que se deshaga de mi abuelo, a mí se me ha ocurrido que, cuando vosotros os hagáis viejos, yo también os voy a arrojar por el precipicio, a ti y a mi padre. ¿Te parece bien? Imaginad lo que os haría yo a vosotros si llegáis a hacerle una cosa tan cruel a mi abuelo.

Y así fue cómo el hijo salvó a su abuelo de la muerte y libró a sus padres de una maldición.