El enano Saltarín [ATU 500]

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Referencia catalográfica: 1106n

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Notas

La informante recuerda que se lo contaban de niña.

Transcripción

Es una mo- | una hij- | una molinera. Y el molinero dice que su hija, que hila paja y la convierte en oro. Entonces, pues este la manda ir a su palacio y la saca y allí hay toda la paja y la dice:

Pues mira, aquí lo tienes para que lo hagas.

La pobrecilla, como es mentira, pues se pone a llorar. Se pone a llorar y, entonces, ru, ru, ru, aparece un enanito y la dice: 

Molinerita, ¿por qué lloras?

¡Ay! Porque mi padre ha dicho que yo sé hilar la paja y convertirla en oro y no sé por dónde empezar, si yo no sé hacerlo.

Dice: ¿Qué me das si yo te lo hilo?

Dice: ¡Ah, pues pídeme lo que quieras!

¿Sí? ¿Me vas a dar lo que yo quiera?

Dice: Sí, bueno, dentro de lo que cabe, el dinero o lo que eso.

No, no quiero dinero. Solo quiero que me des el primer hijo que tengas.

Dice: ¡Si yo no me pienso casar!

Bueno, tú pro-, pro-, prométemelo.

Bueno, yo te lo pr-, prometo, pero luego no digas que te he engañao.

Bueno, pues empieza él: tiqui, tiqui, tiqui, ti y enseguida se lo ha- | se lo prepara y todo, en oro. Pues viene el príncipe y lo ve todo en oro.

—¡Madre mía, qué, qué maravilla, oye!

¡Pues hala! Manda ca- | que se quiere casar con ella, claro. Se casan. Se casan y tienen un hijo. Y cuando tienen un hijo, se pasa un día, se pasan dos, ella se acuerda de lo que había dicho al enano. Y como que se pasaba ya casi un mes, dice:

¡Ah, eso se le ha olvidado! No, no creo que venga ya.

Pero sí que vino. Un día, cuando estaba ella sola, aparece el enanito y la dice:

Princesa, buenos días, ¿te acuerdas de mí? Te dije que me | que te lo | que te concedía el, el oro y tú me concedías el hijo.

—¡Ay, por favor, por favor! No me lo quites, no me lo quites, que esta es mi vida, que tal, que cual.

Bueno, bueno, mira, te voy a dar una otra oportunidad. Tienes que averiguar en tres días cómo me llamo.

¡Ah, bueno, bueno!

Pues ella, la pobre, buscando | Bueno, viene | En tres días tenía que saberlo. Vie- | Llega el primer día, ella tiene allí un rimero de nombres, nombres, la va nombrando, nombres:

Te llamas Juan, te llamas Pedro, te llamas Luis, te llamas...

Él da un saltito: ¡No me llamo así, no me llamo así!

Y ya la pobrecita toda, se terminan los días, está en el último día: ¿Y ahora qué, qué voy a hacer?

Ya se lo dice a uno de su | a un muchacho y dice:

Pues me voy a ir yo a ver si por ahí le, le conocen alguien al enano este.

Y va andando con el caballo y va por un camino y ve allá a lo lejos en una cima a un enano que está saltando. Se acerca un poco y le oye decir al enano:

 

Mañana tendré yo al fin,

un príncipe que me sirva,

pues del cielo hasta el confín,

nadie sabe que me llaman

el enano Saltarín.

 

Claro, él, en cuanto lo oye, pues corriendo, corriendo se lo va a decir a ella, que ya, ya sabe, ya sabe cómo se llama. Que se llama el enano Saltarín. Bueno, pues llega al tercer día y ya la tenía que dar el niño. A ver cómo se llamaba. Y le dice ya ella muy contenta:

—¿No te llamarás Lucio, no te llamarás esto, no te llamarás lo otro?

Y el otro: No, no, no, no me llamo así.

Muy contento, muy mucho. Dice:

¿No te llamarás por casualidad el enano Saltarín?

¡Oy, él, qué rabia le dio! Dice:

¡Te lo ha dicho el diablo! ¡Esto te lo ha dicho el diablo!

Y desapareció. Y ya se quedó ella tan contenta porque le había acertado el nombre, que no lo sabía, claro.