Güerochano y Casimiro

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Había un señor que se llamaba, se llamaba, se decía, bueno, se decía Güerochano y Casimiro. Güerochano se apellidaba… Ramírez, Güerochano se apellidaba Montiel. Ellos fueron partícipes cuando la, cuando la revolución, eran revolucionarios, pero… Casimiro era, él era, él era villista y, y este, y don | Güerochano | me imagino que se llamaba Feliciano, pero le decían Güero, porque taba güero, taba blanco, ese era carrancista. Así es que, cada vez que se topaban, eran sencillas insolencias, ¿eh? Y bueno, y dicen que, que en una ocasión se toparon en el Cerro del, en el Cerro del, en el Cerro aquí del, del, de la Campana. Pero él le tocó la suerte que ninguno de los dos traía armas ni nada. Dicen que se dieron una | se insultaron y se dieron una, una variza, tremenda garrotiza entre los dos. Pero don Güerochano era un hombre, se dice que era más hombre, más preparao, un poco más entendible, ¿me entiendes? Un poco más sentao, más preparao que, que Güerochano | que Casimiro, Casimiro taba muy… taba más grandote, pero taba más groto, pa que me entiendas. Entons no, no es precisamente que Güerochano haiga corrido. Bueno, corrió precisamente… para dejarlo allí solo alegando a, a, | allí en el cerro, en el Cerro de la Campana. Pero los vieron algunos, algunos vaqueros, algunos chiveritos los vieron y los conocían, ¿eh?, entonces resulta que estos… | era una, una racha que tenían, una, una riña que tenían entre ellos cada vez que se topaban y Güerochano | y este, Casimiro, él le vendía… vendía de esto, cómo te diría… mercería. Él se cargaba un roperito, como un roperito en la espalda que tenía hasta sus, sus tirantes aquí, mira. Ahí, aquí atrás. Y, y en el sombrero to y aquí traía otra cosa, aquí adelante, mira, de mercería. Bueno, se cuentan que se parecía don, don Casimiro como los estos, los, los Voladores de Papantla. Aquí en el sombrero, mira, se ponía listones, aquí, y ¿sabes cuál era su propaganda? Venía cantando porque el hombre taba, aparte que taba grandote, tenía una voz, así una voz fuertota y cantaba puras canciones de, de la revolución. Echándole prisa, pues, como quien dice, tirándole a los carrancistas. Ahí le cantaba esa que decía que, que los carrancistas corrieron por toda la quemada, que iban echando chorros de pura…, de pura cagada, así decía, gritaba todas canciones de la revolución. Aquí pasaba y con eso se identificaba. Ese te recorría desde los barrios de Santa Ana, Santa Ana, Valenciana, aquí… | todas las comunidades aquí, mira. Todas las comunidades aquí, todos los ranchos aquí. Se iba a los Rodríguez, todo eso recorría, y aquí, y de esa manera lo conocían. Alguien que les daba una peineta, unos listones, unos pasadores, unas tijeras, hilos, de todo, y vendía rebocitos chiquitos y atrás traía brillantina, cremas, perfumes, que traía acá, cargada acá, atrás, atrás en la espalda en un roperito que se cargaba. Y ahí lleva, y ese era, y ahí ta el tío, que acechaba una canción aquí y bajaba su, su roperito allí y con su cosa aquí, mira, aquí adelante, aquí así, mira. Aquí, todo lo que traía aquí, desde agujas, dedales, estos, seguros y todo vendía el hombre. Bueno, pos que estos muchachos los vieron allá, los vieron a don Casimiro y a don este, don Chano peleándose, a varazos:

—Y órale, que yo más porque no traigo la carabina…

—Pos que yo no traigo mi pistola… — y que todo eso…—.

Y los muchachos allí viendo. Echándose el [¿?] y los muchachos chicos todavía. Entonces, en aquellos entonces, los papás de uno pues le decían a los chamacos que los va-, todos, todos los vaqueritos: “Ándele, acuéstese temprano, para que mañana se levanten temprano y no estén desvelándose, anda, acuéstense”. Pero nunca le decían: “Voy a ir al velorio, que se murió Fulano, o que murió Sutano” no, no, no. Nunca les comunicaban a los chamacos que se murió don Casimiro. Porque fue el primero que se murió. Se murió Casimiro, pues, a los estos muchachos, | y entre ellos estaba uno que se llamaba Ricardo y este otro… y Fidencio, ¿eh? De aquí, porque había también chiveritos que venían del ranchito, de p’acá, al Cerro la Campana, al Cerro la Cruz. Todos se venían de p’acá. Pero como te digo, los que los conocieron, nunca se dieron cuenta que se habían, se habían muerto. Cuando se murió a-, aquel, don Casimiro. Tal parece que lo taba esperando en el panteón. Taba esperando a que llega-, a que llegara este, don, don Güerochano, a que se muriera pa, para allí. Pero tú sabes que eso es un lugar sagrado, no, no debe haber pleitos. Por eso, los canijos, el espíritu de ellos se salió, se salió del panteón pa irse a pelear de vuelta allá en el Cerro de la Campana, allá se fueron. Pos que los vieron, los, los chamacos, pero ya más grandes los muchachos, ya no eran los mismos chiquillos, ya eran | taban más grandes los muchachos. Y ellos ya viejitos también. Ya los muchachos más grandes que los conocieron. Pero nunca se habían dado cuenta que ya se habían muerto. Porque sus padres nunca les comunicaron. Entonces, al verlos, dijo: “Mira, ya, se van a volver a pelear, mira”. Ya andaban a peleas agarrándose ahí en el Cerro de la Campana.

Uno de los chamacos que era un chivero del ranchito, o sea, ahí… Cervera, que ahora le dicen Cervera, allí traía su burrito y sus papás y se llamaba Mateo y se apellidaba Ibarra. Dijo: “No”, y como era el delegao del, del, ahí del ranchito, agarró su burrito y dijo: “No, yo voy a avisar a mi tío”, dijo, “porque, para que los defienda”, dijo, “que se van a matar estos hombres ahí”, dijo. Y se fue en el burrito y le dijo | que vivían más cercas, para este lao de la, a un ladito, lo que era la propiedad de, te voy diciendo, de lo que era de Bob Ramsay, ese para acá es la Campana. El Cerro la Campana. Ya para acá es el Cerro la Cruz. Entonces este bajó y lo vio a su, a su, a su tío, que era el delegao y le dijo:

—Tío —dijo—, pos hay que | ahí andan dos señores arriba peleándose —dijo—, vamos a ver si usted los defiende, usted como delegao.

—Sí —dice que dijo—, ahorita vamos—.

Dicen que le echó chiflido a los, a los, a los, a los lambiscones que tenía que le nombraba suplentes, que lo acompañaban, ¿no?, pos como tenían animales, el que no tenía caballos, tenía mulas, así es que dijo:

—Sí, ahorita vamos a ver qué pasa, hijo, vete, no tengas miedo, camínale, ahí vamos.

Ya les chifló y | sí, el que no tenía caballos, tenía mulas | se treparon rápido para tar arriba en el Cerro la Campana. Ya cuando llegaron aquellas tres personas, los muchachos taban escondidos ahí más viéndolos, viendo a Casimiro y viendo a, a Güerochano, ya cuando llegó, que, que era don Mateo, que le dijo:

—¿On tan? —dijo.

—Ahí no tan —que los chamacos le decían— Ahí no están junto al mezquite—.

Pos don, pos don Mateo, pos | y le dijo a sus, a sus, a sus achichincles, a sus gambizcones que eran todos los, los esos, los esos, que les dijo:

—¿Ustedes lo ven?—.

Dijo: —Nosotros no vemos nada, don Mateo.

—Pos sí, cómo los muchachos sí los están viendo, que ahí tan junto al |

—Miren cómo se están peleando, que están agarrando ahí, ahí tan, mire, junto a, al huizache —no era mezquite, era huizache—.

Pero decía: —Pero ¿cómo?—.

Entonces ya fue cuando de momento los más grandes le dijo: —Pero, ¿y los conocen? —dijo— ¿y los conocen?—.

Dicen: --Ah, pos como no —dijo—, es don Mateo | es don este, don Casimiro y Güerochano—.

Y entonces dijo don Mateo: “Pero ¿cómo van a ser esos? Si esos ya se murieron”. Pero no les comunicó a los muchachos, sino en su mente.

Dijo: —Ah, sí —dijo—, ahorita los desaparto, ahora verán—.

Y se fue don Mateo derecho a la dirección donde los muchachos le estaban diciendo. Nada más él, porque lo, lo, los estos, los suplentes se quedaron ahí paraos con los muchachos viendo. Ya llegó y les dijo:

—Pos hora, ¿qué escandalo traen? Hora —dijo—, ustedes no —dijo. Dijo que les dijo: —En el nombre de Dios —dijo—, por Dios, si ustedes ya deben estar descansando —dijo—, pa eso… | deben estar descansando. ¿Qué hacen aquí peleándose? Se los pido, ándele, se los pido en el nombre de Dios —dijo—, agárrense, perdónense, dense la mano y váyanse, regrésense. Váyanse a descansar. ¿Cómo es posible que ya de muertos vengan a hacer esto todavía?—.

Entons, dice que, los muchachos taban viendo cuando dicen | ya, ya se retiró don, don, este, don… don Mateo. Y le, y le. Sus ayudantes le decían:

—Bueno, Mateo, ¿a qué le hablabas pues?, ¿a quién le estabas hablando?—.

Dice: —Bueno, pues les estaba llevando la corriente a los muchachos —dijo. Entons, los muchachos, que le dice: —¿A ver qué pasó?—.

Dijo: —No, ya se agarraron de la mano —dijo—, ya van de para allá—.

Dijo: —¿Y los mira? —dijo— porque a mí ya me falla la vista —dijo don Mateo—, ya no alcanzo a ver bien—.

Dijo: —Mira, ya, ya van | se agarraron y ya van de para allá.

—A ver, dime, ¿hasta dónde? —dijo—.

—No, mire, ya subieron para allá arriba —dijo—. Mire, ya van llegando al Cerro de la Cruz—.

Digo: —Sí, ya, ya, si ya se perdonaron —dijo—, ya van allá.

Pero nada más los muchachos, que se daban cuenta | más bien que no se daban cuenta que se habían muerto. Porque los hombres que, que él iba sabían que habían muerto. Entonces, Este, vinieron. Se llegaron al Cerro de la Campana y desaparecieron. Pero dispués de allí, cuando entraron a la calle aquí, la calle del hospital, se entraron allá, entró don, entró don este, don, don Casimiro entró cantando. Venían los dos. Dicen que taba doña esta, doña, estaba ahí doña Lupe y doña Ambrosia. Doña Ambrosia vivía donde es la carnicería. Y doña Lupe vivía enfrente, que es esa parte alta arriba, donde había un Mezquite, allí vivía doña Lupe. Y doña Ambrosia estaba echando tortillas y cuando oyó cantar a don Casimiro, dijo: “Pero si ya Casimiro se murió”. En lo que se paró, que taba echando sus tortillas y se paró a asomarse, ya taba doña Lupe arriba, doña Lupe, ya estaba viendo. Y ella sí, aparte de oírlo, doña Lupe los vio, pero los vio de espaldas, ya cuando venían aquí. Dijo:

—Oye, doña Lupe, pues yo oí como don Casimiro…—.

Dijo: —No, yo no más los oí, yo los vi —dijo— fuero p’allá, dieron la vuelta.

—Pero ¿cómo que los vistes?

—Sí.

—Pero si ya, si ya sabes que se murió.

—Pero ahí iban—.

Bueno, aquí pasaron. Resulta que aquí frente al templo de este lao, toda esa casa era del compadre Ángel. Allí vivía doña Sóstenes, su madre, y allí vivía su esposa, que se llamaba doña Ruperta. Que era la nuera de, de doña Sóstenes. Y a doña Sóstenes, pues desgraciadamente, pues digo desgraciadamente, le gustaba echar sus peguecitos. Y su hijo, este, Ángel, la primera vez que se fue al norte, le trajo un tocadisco de pilas, porque no teníamos luz, de pilas, un tocadisco. Y había una pieza muy bonita que la recuerdo yo, que se llamaba “Mi lindo cafetal” o “El lindo cafetal”, pero esa pieza ponía, y nosotros chicos por los ojillos de, de la puesta, pues nos oía ahí la música, pues ¿quién tenía radios? Así es que nos asomábamos por ahí fuera, oyendo la música. Y ahí tienes a doña, doña Sóstenes en el cuarto a baile y baile, ella sola, al lindo cafetal y la canija y nosotros viéndola. Pero la que le daba su alimentito era su, su nuera, ¿eh? Que era doña Ruperta. Pos iba allí onde te digo que vendían, que venden los jugos, allí vendían el mezcal. Así es que le traía su, su mezcalito a doña, a doña, a doña, a doña… a doña Sóstenes. Allí que tenía su camita allí, mira. Se echaba sus peguecitos y cantaba y bailaba y todo. Y cuando oyó, cuando doña sostenes oyó el grito que iba, que iba don Casimiro, pos salió de la puerta, vuelta la quimera y se dio, dio | y doña Ruperta, se dio cuenta porque les iba gritando:

—Don Casimiro, don Casimiro, espéreme don Casimiro —que quería comprar una peineta, por andar en la bailada, pos se le cayó la peineta y la, la quebró, ella misma la pisó—, necesito una, una, una peineta, don Casimiro, don Casimiro—.

Entons la nuera, que era doña Ruperta, dijo: —Si ya don Casimiro se murió ya… —entonces pensó que ya doña Ruper-, que ya le estaba botaneando por el mezcalito, dijo— no, mi suegra ya se le se está botaneando—.

La casa tenía comunicación por dentro, onde vivía la nuera y onde vivía la doña, doña, doña, esta Sóstenes. Entonces, no, pos salió tras de ella. Y pos, sí, efectivamente, doña Sóstenes siguió por rumbo por… la subió p’arriba, on ta el panteón, na más que taba cerrao el panteón. Ya dijo:

—Véngase, suegra —dijo—. Ay, don Casimiro, si tá consciente que ya se murió, hombre.

—Pero si yo lo vi. Ve, ahí entró con este, con don Güerochano—.

Dijo: —Ya se murió —dijo—, téngalo en mente —dijo.

Entonces esta creyó que se le había botaneao. Se la trajo a doña Sóstenes. Y entonces esta le cerró la puerta por fuera, le cerró la puerta por fuera, dijo: “Aquí ya, si me quiere salir doña Sóstenes”, dijo, “la voy a | tiene que pasar por acá por donde, donde vivo yo” dijo. Tenía comunicación la casa. Era la misma casa. Entonces esta, no, pos la tuvo encerrada. Le llevaba su quintita de, de mezcalito y todo, pero ahí la tenía. Ella misma le hacía de comer y todo. La llevaba en una cosa de hermosísima… la, la nuera y él. Porque nunca taban de acuerdo, porque el, el compadre Ángel se fue de vuelta, se fue dejando a, a esta, a su esposa, con dos niños, que era esta Flora y Jesús. Y Ruperta le extrañaba mucho a su esposo, ¿no?, y por esa razón se, se querían mucho, las dos mujeres solas y los niños. Entons fue cuando se dio cuenta, porque Ruperta no oyó los gritos de don | los cantos de don, don, de don, de don Casimiro. Ella no lo, lo oyó, oyó los gritos de, de su suegra, que iba gritando que si “espéreme, don Casimiro”. Entons ya, cuando… le dijo doña, doña Ambrosia, y Lupe dijo:

—Bueno, ¿y por qué tienes encerrada a doña, a doña Sóstenes?

—No —dijo—, si es que ya se le está botaneando… yo tengo la culpa, pues yo le llevo su, su mezcalito pa que esté tranquila la señora —dijo—, pero, pos que se salió, que tal día se salió gritando que, que don Casimiro, que lo oyó, que pasó—.

Dijo: —No, mujer —dijo—, ábrele pa que se salga ella sola afuera —dijo—, que no ves —dijo—, mira —dijo—, ese es cierto lo que te dijo, yo lo oí y doña Lupe lo vio. Yo lo oí, digo, yo tamba echando las tortillas, tal día—.

Pos ese día, fue el día que se vinieron de allá, mira, hicieron el recorrido, el espíritu de estos dos hombres, venían aquí al recorrido, na más que… pos don, don Casimiro tenía sus maneras de, de expresarse y de ir, de ir cantando. Así es que iba cantando don Casimiro, no toda la gente lo oyó, fueron gentes especiales, na más ellos dos y, y doña Sóstenes, ¿eh? Pos, total que allí, ya cuando pasó todo esto, pos, ya la soltaron, le decían que le venía a doña esta señora, y se querían tanto esta familia, se quería tanto la nuera con, con, con doña esta, que le decía…, le decía doña esta, doña Ruperta, dijo:

—Ay, doña Sóstenes —dijo—, yo extraño mucho a mi marido—.

Dijo: —Pero mira —dijo—, se fue por segunda vez al norte —dijo—, no tiene… | —dijo— tú tando tan joven y los niños tan chiquitos y no…. —la niña era la más grandecita, esta, Flora, y este, Jesús, ta más chiquito. Dijo— No sé por qué mañosos se me hizo ya, si no tiene necesidad —dijo— de andar por allá —dijo así.

Y le… hay un dicho, se quedó un dicho de, de doña Sóstenes. Le decía a su, a su nuera. Dice:

—Mira, cuando té recordando a, a Ángel —dijo— pos échate agüita, agüita fría de la cintura pa’bajo y si no —dijo— ¿por qué no tienes un amiguito por ahí? —dijo— Un amiguito…, claro, pos somos mujeres —dijo— y además el hombre, pos mira, será mi hijo, pero ¿a dónde anda, eh?—.

Y do- | y luego le decía ese dicho que dice: “Chitón y al palo”. Pues se decían, como dijo doña Sóstenes, “chitón y al palo”. Y así le decía doña Sóstenes a su nuera. Dijo: —No, hombre, hija, —dijo—, pos la culpa no la tiene mi hijo | —dijo— no la tienes tú, la tiene mi hijo. Cuando no, échese agüita en la cintura p’abajo, agüita fría. Y cuando no —pos dice—, pos que si un amiguito por ahí —dijo— mire, chitón y al palo —dijo [¿…?].

No, no aguantó la mujer. Cuando regresó, regresó este, cuando regresó Ángel p’allá. La mu-, la mujer murió de tristeza. Y ahí demuestra que el hombre era malo. Que no tenía sentimientos. Entonces se vino. El otro, me… iba a echar una maldición ahorita, se me iba a salir ahorita, una maldición de este cabrón del, del difunto, te digo, del difunto Juan Vargas. Cuando doña Sóstenes, que era la madre de ellos dos, le dijo:

—Mira, mira, Juan —dijo—, recoge a las niñas, a las niñas y al niño, a este… a Flora y este, a Jesusito.

—¿Qué va a hacer? —dijo.

—Yo, yo ya toy vieja, yo ya no puedo con ellos —dijo—, mira.

—No —le dijo Juan Vargas, dijo—, no —dijo—, no yo no, yo no puedo, porque Só- | doña esta, ella se apellidaba, sí, se apellidaba Ibarra, Sóstenes Ibarra, pero supongo que su esposo, se apellidaba Vargas. Entonces dijo: No —dijo Juan Vargas—, yo no puedo recogerlas, yo no, yo tengo mis hijos, yo no puedo recogerlas. No tengo las posibilidades de mantenerlas—.

Vino un padrino, de León, y se llevó a los niños, se llevó a, a la, se llevó a Flora y se llevó a Jesús. Cuando regresó este hombre tan malo, que le puede decir, porque mismo su madre lo decía, cuando regresó Ángel, que era el hermano de, de, de Juan, cuando regresó del, del norte, ya no encontró esposa, no encontró hijos y no fue capaz siquiera que se le saliera una lágrima. Ya no por la mujer, si no la quería, era una mujer muy bonita, ya si no quería a la mujer, pero una lágrima al menos pa sus hijos: “¿On tan mis hijos?”, ir a buscarlos a León, on taba su compadre. El compadre abusivo también, desapareció de León. Nunca supo, se supo de esa familia. Nunca se su- | de esos niños nunca se su- | a saber más. Y fíate si no era malo, se volvió a casar, no ni siquiera esperó siquiera un año de, para de si quiera guardar el luto a, a doña Ruperta, antes del año se casó con la Lolilla. Le hizo dos niñas, una que, una que le dicen la China, aquí a lo [¿?] de la carnicería y otra, y otra que se casó acá, acá arriba. Otra muchacha. Chiquitos los dejó y se volvió a ir al norte y hasta hoy día, no volvió. ¿Crees tú que con cartas? Porque no, ni siquiera mandando dinero, que con cartitas… era para darle vida a la, la, la | a una familia. Pos claro que doña Lola se buscó, se buscó un hombre, que se metió con don Usebio, tuvo familia y “que voy a ir”, y “que voy a ir”, y “que voy a ir…”. Hasta la fecha, sus hijas, ni siquiera fue una foto, ni siquiera les mandaba el hombre. Sus hijas | esta, la esta, la China decía, decía la China, dice que si viniera su papá, no más sería por conocerlo, pero para echarle todo en cara, todo lo que, lo que habían sufrido ellas desde que las abandonó. Este es precisamente un hombre que no tuvo sentimientos.