Pulgarcito [700]

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Fecha de registro:
Referencia catalográfica: 1402n

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Notas

Archivo sonoro perteneciente al Archivo de la Tradición Oral de la Fundación Joaquín Díaz (sign.: ATO 00058 17).

Este registro ha sido editado en el marco del proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación “El corpus de la narrativa oral en la cuenca occidental del Mediterráneo: estudio comparativo y edición digital (CONOCOM)” (referencia: PID2021-122438NB-I00), financiado por la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).

Transcripción

Hace muchos, muchos, muchos años, vivía en un pueblo un matrimonio que tenía un hijo. Era tan pequeñito, tan pequeñito, que tenía la cabecita como una cabeza de ajos, y, claro, le llamaban Cabecita de ajos. Entonces, su padre trabajaba en una tierra de un señor que ya no me acuerdo cómo se llamaba. Y araba la tierra con una pareja de bueyes. Entonces, había que llevarle la comida porque no le daba tiempo a venir a comer a casa y todo esto. Y…, y se la tenía que llevar el niño. Y era tan pequeñito, que su mamá le metía en una oreja del burro, le metía en la oreja del burro para que… | claro, no iba a ir él solo andando. Y le ataba y tal igual a la oreja del burro. Ya iba a llevarle la comida a su padre y por el camino según iba, se encontró con una banda de ladrones y…, entonces, venían todos cargaos con lo que habían robado y dijeron: “Pues vamos a ver si le, a ver si le cogemos este burro, que viene solo”. Pero el niño, pues le pellizcó dentro de la oreja y el burro se echó a correr y, claro, ya no le pudieron coger.

Llegó a la tierra donde trabajaba su padre y el niño pues quería ayudarle mientras su padre comía:

—¿Quieres que mientras tú comas yo are, padre?—.

Dice: —No, hijo, no, que caga el buey pinto y te tapa.

—Que no padre, que no.

—Bueno, pues ara—.

Entonces se puso a arar el niño y justo cagó el buey pinto y le tapó:

—¡Padre, padre! ¡Que ha cagao el buey pinto y me ha tapado!

—Bueno, hijo, pues ala—.

Le destapó y ya terminó el padre de comer y se volvió para casa. Entonces, el niño dice: “Voy a ver si encuentro a esos ladrones y voy a ver qué puedo hacer, a ver si les puedo coger yo lo que ellos llevaban”.

Y justo había una casa deshabitada en el monte y allí es donde se repartían lo que robaban. Entonces el niño se puso en la puerta y estaban haciéndose el reparto: “Pa tú, pa mu, pa mu, pa tú, pa ti, pa mí, pa mí, pa ti”. Y el niño desde la puerta decía:

—Ay, ¿y para mí?—.

Y los ladrones: —Pues ¿quién será este?, ¿quién será este?—.

Entonces el burro le… dio una patada muy grande en la puerta, los ladrones creían que era la justicia que iba a por ellos, se marcharon por la puerta de atrás y dejaron todo alllí. Y el niño, pues se cargó con todo y se lo llevó al pueblo. Entonces los ladrones, pues dijeron que…, que tenían que recuperarlo. Claro, que qué iban a hacer sin ello. Y dijo el caporal de ellos:

—Mira, yo me vestiré de pordiosero, iré a pedir una jarra de agua por el pueblo y, allá donde me saquen la jarra de oro que nos han llevado de lo que nos | pues allí tienen que tener todo—.

Y justo, llegó a una puerta, y nada, llegó a otra, nada, llegó a otra y… “Ay, por favor, una jarrita de agua”. Le sacaron la jarra de agua y allí, pues vieron que le habían sacado la jarra que ellos te-, tenían, que les habían robao. Pero este niño estaba allí, como era tan chiquitín, no se le veía. Pero entonces dijo él justo:

—Este es el sitio, esta noche vendremos a recuperarlo y vendremos por el tejado para que no…, no nos vean—.

Y el niño, pues lo oyó, claro. Pero como a él no lo veían, pues nada. Entonces por la noche, pues él dijo:

—Padre, pa-, padre, madre, acostaros, que yo me quedo aquí, no os preocupéis que yo me quedo aquí—.

Se queda debajo de la chimenea, cogió una gárea, que… no sé si te daré la explicación, del cuento. Claro, es que a los niños estoy acostumbrada a contárselo | cogió una gárea, que es un… un palo como un, o sea una cosa como un tenedor muy grandote con lo que cogen en las eras la | el trigo y todo esto, se puso debajo de la chimenea y vinieron, pues claro, todos los ladrones. Entonces, iba a entrar uno por la chimenea y decía:

—Que meto una pata—.

Y decía Cabecita de ajo desde debajo, desde dentro: —Métela, métela.

—Que meto la otra.

—Métela, métela.

—Que meto un brazo.

—Métele, métele.

—Que meto todo.

—Mételo—.

Y cuando iban a caer ya, el niño con la gárea le picaba. Decían:

—Ay, auxilio, que me quemo, que me abraso—. Y salía todo picao.

Y ya llegaba otro y la misma operación:

—Que meto una pata, que meto un brazo—. Y así.

Entonces, pues, dijo el caporal:

—Iros para allá, que no valéis para nada. Voy a entrar yo y ya veréis—.

Entonces entró el caporal y justo le pasó lo mismo, salió todo picao, todo picao y todo hecho una pena. Y, entonces, cogieron, vieron que era imposible, que no se lo podían llevar. Entonces, este niño se quedó con todo, se lo entregaron a la justica del pueblo, lo repartieron y colorín, colorado, aquí paz y allí gloria.