El anciano, el tigre y la serpiente que petrificaba con la mirada [D581]

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Fecha de registro:
Referencia catalográfica: 1558n

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Notas

El informante es natural de Sétif y residente en Argel desde hace más de treinta años. No recuerda exactamente quién se la contó, pero asegura que hubo de ser algún anciano que conoció al poco de instalarse en la capital argelina.

Esta versión, transmitida en árabe dialectal, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Este registro ha sido editado en el marco del proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación “El corpus de la narrativa oral en la cuenca occidental del Mediterráneo: estudio comparativo y edición digital (CONOCOM)” (referencia: PID2021-122438NB-I00), financiado por la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).

Transcripción

Hadjitkum. Madjitkum![1]
Encendí la vela en sus casas,
en vuestra habitación.
Antaño, en los tiempos antiguos…
Érase una vez…

 

Tengo un cuento, y os lo voy a contar. Había una vez un hombre que vivía en el bosque. Estaba completamente solo, no tenía a nadie a su lado. En el lugar en el que vivía, había un río que fluía por una garganta, encajado entre las montañas. El desfiladero por el que pasaba el río era tan estrecho que nadie podía pasar por allí.

Una vez se ocurrió una idea. Se dijo a sí mismo: “¡Voy a construir un barco!”. Y enseguida se puso manos a la obra: reunió un montón de maderas y se puso a construirlo. En tres días lo hubo terminado.

Cuando el barco estuvo listo, lo llevó al río, lo fletó, se subió a bordo, y empezó a remar. Remando y remando llegó a un lugar donde había una roca que sobresalía hasta la superficie del agua, justo en la mitad del río. Al pasar por encima se resquebrajó el casco y al momento el agua empezó a colarse por la rendija. Apenas unos segundos después el barco se inundó y se hundió. Como no pudo continuar su camino, no le quedó más remedio que salir del barco. Se sentó en el suelo y de allí no se movió durante los siguientes dos días. Solo se levantó cuando se acercó un tigre. Al ver aquella fiera, el hombre se quedó pasmado, inmóvil. Estaba asustadísimo. El tigre le dijo:

—No tengas miedo, que no te voy a hacer nada. Solo quiero que me cuentes cómo llegaste hasta aquí.

—¿Me prometes que, si te lo digo, no me harás nada malo?—.

El tigre contestó:

—Te lo prometo. Te repito que no te voy a hacer nada. Yo he venido hasta aquí para protegerte. Ya ves que en este bosque estoy yo solo. Tú eres mi única compañía, así que no te mataré—.

El hombre dijo:

—De acuerdo, te creo. Pues resulta que yo estoy solo, como tú. Y precisamente, como no tenía a nadie y me sentía muy solo, un día se me ocurrió ponerme a construir un barco. Lo construí enseguida, luego lo fleté y me puse a navegar. Pero cuando llegué a este tramo del río y pasé por encima aquella roca, el casco se resquebrajó, y el barco empezó a hundirse. Yo salí del agua a nado y llegué hasta esta roca. El resto de la historia te lo puedes imaginar. Aquí me he quedado sentado desde que naufragué—.

El tigre le preguntó:

—De acuerdo, entiendo. Y dime ¿no estás cansado?

—Pues ya ves como estoy. Además, tengo frío. Ya sabes que aquí en el bosque hace frío, nieva. Estamos en la montaña…—.

Entonces el tigre le dijo al hombre:

—Ven, sígueme—.

Empezaron a caminar por el bosque. Caminaron, caminaron y caminaron hasta llegar a un agujero. Era un agujero grande. Una vez allí el tigre le dijo al hombre:

—Espera, detente.

—¿Por qué? ¿Qué sucede?

—¿Ves este agujero? Pues es un agujero maldito. Imagínate, es tan malo que se ha tragado a toda mi familia, a mis amigos, a la gente a la que quería… Los he perdido a todos. Y todo por culpa de este agujero—.

Al escuchar aquella historia, al hombre le entró miedo y le preguntó:

—¿Y podemos entrar en el agujero?—.

El tigre le dijo:

—Ven conmigo—.

Por allí había un árbol, justo al lado del agujero. Se sentaron en el tronco. El hombre a un lado, y en el otro extremo el tigre. El hombre estaba aterido de frío. El frío le entraba por todos lados, lo sentía hasta en los huesos. El pobre estaba abrigado… El anciano dijo:

—Pues cuéntame por qué este agujero es tan cruel.

El tigre empezó a decirle:

—La verdad es que eso no se lo he dicho nunca a nadie. No puedo. Como he notado que no eres de por aquí, te lo puedo contar. Yo tampoco soy de por aquí. Mira, nadie puede entrar en este bosque—.

El hombre le preguntó:

—Pero ¿por qué?—.

Le dijo el tigre:

         —La gente a la que yo quería, mis amigos, mi familia murieron en este bosque, por culpa de este agujero—.

Le dijo:

—De acuerdo.

—¿Ves este agujero? En el fondo hay oro. Hay un tesoro. Pero, ¿sabes por qué hay un tesoro tan grande? Pues porque mis amigos y mis conocidos se pusieron un cinturón de oro en el pie. Con aquel cinturón podían conocer todos los animales. Todos se conocían. Así podían saber quién era ese, quién era aquél, quién era aquel otro—.

El hombre le preguntó al tigre:

—Y ¿cómo podríamos sacar ese tesoro?—.

El tigre le respondió:

—¿Qué hay? Pues hay un monstruo al que llamamos “Relámpago”, porque cuando mira a alguien, así, lo petrifica. Porque tiene los ojos como relámpagos, de ellos sale una luz como la de los relámpagos. En cuanto mira a alguien, lo destruye. Tú lo ves como un agujero, pequeño, pero en realidad es muy, muy profundo—.

El hombre le preguntó:

—Pero ¿cómo es posible que ese Relámpago se trague a animales en el interior de este agujero?—.

El tigre le dijo:

—Espera, que te lo voy a contar. Relámpago es, en realidad, una serpiente. Es una serpiente enorme—.

Le dijo el tigre:

—¿Tú puedes mirar la llama del soplete cuándo alguien está soldando algo de hierro? ¿Acaso puedes ver esa luz?

—No, no puedo—.

El tigre continuó:

—Pues imagínate el efecto de la mirada de esa serpiente. Su mirada es aún más poderosa que la luz del soplete. Dentro de los ojos tiene algo como si fuera un láser. En el interior de sus ojos es como si tuviera un rayo. Ahora espérame aquí, que enseguida vuelvo. Escucha: no se te ocurra meterte en el agujero. Si se te ocurre acercarte a él, vamos a tener un problema—.

El tigre se marchó. Se dirigió al mismo lugar en el cual se había encontrado con el hombre. Entonces se enteró de que era verdad lo que le había contado el hombre, sobre que se le había roto el barco. Le había creído desde el principio. Solo quería confirmar lo que le había dicho.

Mientras tanto, el hombre, que ya no soportaba el frío, como no encontraba nada con lo que abrigarse. No podía encender fuego, y no se le ocurría ninguna otra solución. Se dijo a sí mismo: “Pues voy a caminar un poco. Voy a caminar con los codos”. Y así empezó a caminar, con los codos. Caminaba despacio, en dirección al agujero. Cuando llegó a la boca del agujero, se asomó para echar un vistazo en el interior. Y nada más asomarse vio algo resplandeciente. Como no pudo resistirlo, se echó hacia atrás. Sintió un dolor intenso en los ojos. No podía abrirlos. Cuando volvió el tigre se encontró al hombre cerca del agujero. Le dijo:

—¡Vuelve aquí! ¡Aléjate inmediatamente de ahí!—.

El hombre le dijo:

—Pero ¿por qué?

—¡Aléjate, aléjate! Ven aquí, que voy a decirte algo. Mira, vuelve por aquel lugar, por donde viniste. Vuelve del mismo modo—.

El anciano ya se había quedado sin aliento. El tigre le dijo:

—Escucha, yo te había dejado bien claro que no debías acercarte allí. ¿Sabes lo que te habría sucedido si te hubieras quedado al lado del agujero? Pues que habrías desaparecido. No habría quedado nada de ti—.

El hombre le respondió:

—A mí no me importa nada del agujero. Tampoco me importa el Relámpago. Lo que de verdad me interesa es el oro que hay en el interior—.

El tigre le dijo:

—Escucha, que te voy a decir algo: si supiera que podrías ir, descender, y volver a la superficie con lo que haya ahí dentro, te diría “adelante”. —Y añadió— De acuerdo, puedes ir. Te doy un tiempo, y tú arréglatelas como puedas.

—Está bien. Pues lo voy a intentar—.

Cayó la noche. De la boca del agujero salió algo como una estrella muy resplandeciente que iluminó todo el agujero. El anciano se quedó absolutamente pasmado, abrumado. En aquel momento el hombre se incorporó, y el tigre le hizo un gesto para que se callara y mirará hacia el cielo:

—Mira, mira hacia allí. Mira qué hay…—.

El hombre se quedó absolutamente pasmado, y los dos se escaparon corriendo.

 

[1] Hadjitkum. Madjitkum (lit. “os iba a contar; no vine a vosotros”): fórmula árabe con la que se inician muchos cuentos en el Magreb.