El mes de María es santo

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Clasificación

Fecha de registro:
Referencia catalográfica: 2234c

Informantes

Notas

La informante asegura que aprendió esta oración de la señora encargada de sellar las cartillas de racionamiento durante la posguerra, cuando ella contaba unos 15 o 16 años.

Este registro ha sido recopilado en el marco del proyecto de I+D (Excelencia) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades “Documentación, tratamiento archivístico digital y estudio lexicológico, histórico-literario y musicológico del patrimonio oral de la Andalucía oriental” (referencia: FFI2017-82344-P), financiado por la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).

Agradecemos la colaboración de Miguel Cuadros Arias, responsable del Centro de Adultos de Peal de Becerro (Jaén), y de Jovita Rodríguez Bautista, coordinadora de Centros de Adultos de la comarca de la Sierra de Cazorla.

Transcripción

El mes de María es santo,

hermoso, no tiene fin.

Se alegra de ver el campo

como si fuera un jardín.

 

Un jardín es más bonito,

el campo es mucho mejor;

es creado por Jesucristo

para la alimentación.

 

De tanto y tanto cristiano

que en este mundo existimos,

tanto el rico como el pobre

el pan deseamos lo mismo.

 

¿Dónde tenemos el pan?

En esos hermosos campos.

Y unos dicen “mis siembras”.

Si Dios no quiere regarlos,

 

decid qué es lo que tenemos.

Nada podemos decir,

que todo es de Jesucristo,

que es el que lo tiene aquí.

 

Si no lloviera nada,

no tendríamos aceite,

ni otras muchas cositas,

trigo y cebada.

 

Y ese sol tan quemando

que manda luego

para poder secar

los sementeros;

que si no se secaran,

ni se podrían trillar

ni se segaban.

 

¿Y el aire que nos manda

para el ablento?

¿Ablentaríamos mucho

con soplos nuestros?

Apenas sacaríamos

para un mal alimento.

 

¿A quién debemos esto?

A Dios, que no lo vemos

y es padre nuestro,

 

ni lo podemos ver

hasta el día en que morimos,

tiniendo buenas obras

y él, buena fe.

 

Estamos en el mundo

mu resabiados;

a Dios no le queremos

ni respetamos.

 

El castigo tenemos

por ser tan malos:

muchas enfermedades,

cortos los años.

Pone Dios buena siembra;

no la apreciamos.

 

Con sus yelos y secas

da pellizquitos,

como hacen los padres

con sus hijos.

 

Si no los obedecen

dan más palizas,

fuertes porrazos.

Y Dios castiga doble

con sus mangas de fuego,

centella y rayo.

 

Nosotros no valemos

lo que hemos dicho;

nuestro cuerpo es comido

por muchos bichos.

 

El alma es la que vale

estando limpia;

goza de las delicias eternamente

aquel día tan tremendo

de nuestra muerte.