A veinte leguas de Pinto

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Clasificación

Fecha de registro:
Referencia catalográfica: 4056c

Informantes

Recopiladores

Flori Velasco

Responsable del grupo investigador: Jerónimo Anaya Flores

Notas

Se trata de unos versos del monólogo El conde Sisebuto (1899), de Joaquín Abati Díaz (Madrid, 1865-1936).

Este registro ha sido editado en el marco del proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación “El corpus de la narrativa oral en la cuenca occidental del Mediterráneo: estudio comparativo y edición digital (CONOCOM)” (referencia: PID2021-122438NB-I00), financiado por la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).

Transcripción

A veinte leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo,
que edificó Chindavinto
.

Pertenece a un gran señor,
algo feudal y algo bruto,
se llama Sisebuto.
y su esposa doña Leonor.

Colibrinda, su hermana,
y su tía Berenguela,
y unas tías de su abuela
entendían por Mariana.

Cleopatra, su hija,
su cuñado, Lucendo,
su nieta, Rosalía
y su hijo mayor Rogelio.

Era una  noche de invierno,
noche fría, tenebrosa,
noche atroz, noche espantosa;
noche fría, noche de infierno.

Cabalgando en un corcel
de un color verde botella,
raudo como una centella,
llega al castillo un doncel.

Y empapada trae la ropa
por efecto de las aguas
y como no trae paraguas,
viene el pobre hecho una sopa.

Llega a casa, salta el muro,
la función está cerrada.
—Me da derecho mi amada
—exclama—. ¡Vaya apuro!

Y en esto algo que resbala
siente en su cabeza,
estira el brazo y tropieza
con la cuerda de una escala.

—¡Oh!—dice con fiero acento.
—¡Oh!— vuelve a decir gozoso.
—¡Oh!— dice victorioso

un vez y así hasta ciento.

Sube, que sube, que sube,
trepa, que trepa, que trepa,
en brazos cae del querube,
la hija del conde, la Pepa.

En lujoso camarín
introduce al amado
y al notar que está mojado
lo seca bien con serrín.

—Lisardo, mi bien amado,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo,
qué tiempos de [¿minunú?],
¿no sientes nada a mi lado,
Lisardo, mi amado?—.

Le responde: —Tengo frío.
—¿Cómo has dicho?
Eso me aterra. Eso me inquieta.
¿No tendrás camiseta?
¿Verdad? Pues toma esta manta.

Y ahora hablemos del amor
que nuestras almas disloca,
que yo te quiero como una loca.
—Y yo te adoro como un hombre.

—Mi amor es una locura.
—El mío es un arrebato.
­—Si no me quieres, me mato.
—Si me olvidas, me hago cura.

—¿Eh, cura? ¿Cura has dicho?
¡Dios bendito!
No repitas esa frase
en jamás de los jamases,
¡pues estaría bonito!

Hija soy de Sisebuto,
desde mi más tierna infancia,
y aunque mi padre es muy bruto
y temo su furor,
huyamos, vamos al Congo
y ocultemos nuestro amor.

–—Bien has dicho, bien has hablado,
huyamos, aunque se enoje,
y si algún día nos coge,
que nos quiten lo bailado—.

En estas se oye un largo ladrido
pronto, fiero.
—¿Oyes?­—dice el caballero—,

ese es el canto de un grillo—.

Se abre la puerta excusada
y cual terrible huracán,
entra un hombre, luego un perro,
luego nadie, luego nada.

—¡Hija ingrata!— dice el Conde—.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor? ¿Dónde?

Y tú, Antipático caballero,
repara cómo señalo tu cara
con los dedos de mi mano—.

Y sacando un viejo puñal,
de un golpe solo y certero
lo entró cortando el acero
junto a la espina dorsal.

El joven, naturalmente,
se murió como un conejo.
Ella frunce el entrecejo
y enloquece de repente.

El conde también quedó loco
de resultas del espanto,
el perro no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.

Y aquí termina la historia
verídica, interesante,

que entenebrece el recinto,
a veinte leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo.